viernes, 5 de enero de 2024

Hay cosas que suceden

 

Hay cosas que suceden igual aunque no las elijamos. De un cuento de Mamerto Menapace.
Sí no todo depende de nosotros; en realidad muy poco. Pero hay cosas que Dios ha querido que no sucedan sin nuestra colaboración.
El sembrador que siembra a voleo,no sabe donde caerá la semilla, y donde prenderá, pero sabe que caerá y acabará por arraigar en alguna tierra
A nosotros nos pasa lo mismo
No sabemos quien aprovechará, se beneficiará de nuestras buenas acciones, o quien sufrirá las malas, a quien harán bien nuestras palabras, a quién  harán daño.
Incluso puede que pensemos a veces que perdemos el tiempo, que aquellos a los que hablamos directamente, aquellos a los que ayudamos nos ignoran.
Pero no es así. Nuestros actos tienen consecuencia.
Hace años me contó una señora una historia, que tal vez le sucediera a ella misma
La repito ahora con nombres inventados, seguramente ya lo eran los originales, pero no me acuerdo
“La señora Rosalía estaba en la  terraza de un café, tomando un café en compañía de un joven. Que tenía un aspecto desaliñado,  y la vista baja. De pronto Doña Rosalía le dijo:
“No puedes seguir así, has vuelto a suspender todo, te han echado del colegio, no me importa sí quieres trabajar en el taller de tu padre, o de otro. O estudiar. Pero antes tienes que adquirir una cultura, debes dejar a esos amigos que te llevan a beber, a tomar cosas raras(drogas), a vestirte y asearte. No quiero hijo que conviertas nuestro hogar en un infierno”.
El hijo se levantó miro a su madre, y le dijo. “Ahí te quedas vieja”
Y se fue. Doña Rosalía no pudo evitar una lagrima, y luego otra, había perdido a su hijo para siempre, aunque pudiese obligarlo a volver a casa, pues hasta los 21 no era mayor de edad, solo sería en apariencia.
Pero lo que no sabía la señora Rosalía es que su conversación estaba siendo escuchada por otras personas, entre ellas un joven,  Alfredo, al que sus amigos habían propuesto el consumo de ciertas substancias. Y faltar algunos días a clase. Alfredo era un buen chico, y tomo aquellas palabras como dichas a él mismo. Cortaría con aquellos colegas, ahora que le era fácil, no quería llegar a ser como aquel chico. Y desde luego iba estudiar, y ayudar en casa.
Además de Alfredo. Escucho también las palabras de Doña Rosalía, un matrimonio joven con 2 niños de 5 y 7 años. Y decidieron que desde ya y siempre tenían que vigilar los amigos de sus hijos, cortando ellos ahora y mientras pudiesen las malas compañías e influencias.
Claro que seguramente  pienses y eso de que le servía a Doña Rosalía, ella no conocía a Alfredo, ni aquel matrimonio.
Pues bien todo tiene su tiempo
Resulta que el hijo de Doña Rosalía iba cada vez peor. Pero tenía un amigo, no muy íntimo más bien un conocido de unas pasantías, clases particulares de francés y latín
Este chico era Alfredo, que no lo había reconocido en la cafetería, por la distancia
Pues bien un día Alfredo se atrevió a hablarle. No para reprenderlo no era quien; sino para decirle; lo bien que le iba a él por haber roto con ciertos “amígueles”. Y lo invitó a salir con él y sus amigos. El hijo de Doña Rosalía, Miguel acepto, se divirtió sin necesidad de emborracharse, de tomar cosas raras. Otro día Alfredo lo invito a ir con él y sus amigos a llevar regalos a los niños de un hospital. Todos lo pasaron genial.
También le propusieron  estudiar juntos para ayudarse
En poco tiempo, Miguel cambio completamente, era generoso, no era un borracho, estudiaba, ayudaba en casa y fuera. Parecía un milagro.
Doña Rosalía quería conocer aquel joven que había cambiado a su hijo, y rogó a Miguel, invitase a Alfredo a casa.
Al verlo no pudo evitar una pregunta. “Disculpa me hijo, pero tu cara me suena, nos vimos en algún sitio”
“Doña Rosalía, nunca hablamos pero yo la escuche a usted sin querer un día de hace ya dos años, en una cafetería hablando con Miguel, yo entonces estaba a punto de dejarme convencer por unos falsos amigos para empezar a beber y consumir basura. Pero al ver el aspecto tan malo que tenía Miguel, al que no reconocí, pues soy miope y estaba sin gafas. Al ver como usted lloraba cuando se fue, lo deduje porque se paso un pañuelo por los ojos. Me dije que no podía dejar me pasará lo mismo, así que tomé sus palabras como si fuese usted mi madre. Corte con aquellos amigos, luego un día hable con un chico del que solo sabía se llamaba Miguel, que iba, bueno había ido a clases de recuperación de latín y francés. Lo invité a salir, y luego pues todo el cambio que ve en su hijo. Lo hicieron sus palabras. Pero no solo lo salvo a él también a mí, y seguro que a muchos más”
Doña Rosalía abrazo al joven. Y bendijo a Dios dándole gracias. Sus palabras no se habían perdido”
Pero no solo las palabras, también las buenas acciones, aunque no sean reconocidas y agradecidas, son vistas y sobre todo serán repetidas por otros, P.D. Nietos, hijos, sobrinos, alumnos etc. Que las harán. Porque eso vieron a su abuela, maestra, tía, catequista o la señora Claudia, y a su vez ellos darán ejemplo y el bien se extenderá
Porque lo importante no es aunque lo sea dar de comer al que tiene hambre. Sí no saber que hay que darle de comer.
Pero cuidado porque también los malos consejos, las malas palabras que no son los tacos, sino las blasfemias, las  palabras de odio y racismo; y las malas acciones también tienen consecuencias imprevistas en quien menos se espera.
Fin