jueves, 23 de febrero de 2017

Benedicto XVI cuaresma 2010

         

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2010

« La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).
¿De dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2009

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana






Meditación del hermano Alois. La Transfiguración


La Transfiguración, vidriera del hermano Eric de Taizé


Los cristianos de Oriente fueron los primeros en celebrar la Transfiguración. Esta fiesta fue introducida en Occidente en el siglo XII por uno de los abades de Cluny, Pedro el Venerable. En Taizé, vivir de la transfiguration ha sostenido siempre y de continuo nuestra vocación.
En los Evangelios, los relatos de la transfiguración quieren hacernos entrever quién es Jesús verdaderamente y conducirnos a participar en su misterio.

En el monte, Jesús está en oración, en una gran intimidad con Dios (Lucas 9, 28-36). La voz que sólo él había oído en el momento de su bautismo ahora se hace escuchar por los discípulos: «Este es mi Hijo, el amado» El misterio de Jesús aparece ante sus ojos: su vida consiste en esta relación de amor con Dios su Padre.
Jesús vive esta relación de amor desde toda la eternidad, pero también durante toda su existencia terrenal. Ella crece, se fortalece especialmente a través de las pruebas, y se revela cada vez más. Jesús elige apoyarse solamente en Dios, y mantendrá esta elección hasta en la noche más oscura, cuando dé su vida en la cruz.
¿No es este abandono radical y con total confianza lo que provoca que ante los ojos de los apóstoles brille en Jesús la luz de Dios? Moisés y Elías, que aparecen al lado de Jesús, habían sido, de forma evidente, guiados por esta luz. Pero ésta brilla en Jesús de manera única. En él, la luz de la resurrección ya se ha encendido. Su humanidad transfigurada irradia la plenitud del amor de Dios. Nunca nos cansamos de dejarnos maravillar por esta novedad eterna.
Por medio de la transfiguración, Jesús no sólo hace ver que está habitado por la luz de Dios, hace intuir que quiere compartir esta luz. No es sólo la humanidad de Jesús la que puede ser transfigurada, nuestra humanidad también.
De acuerdo con la segunda carta de Pedro, la transfiguración de Jesús mantiene, en nuestra noche, la esperanza de nuestra propia transformación. «Hacéis bien en prestar atención a la palabra de los profetas como una lámpara que brilla en la oscuridad, hasta que despunte el día, y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.» (2 Pe 1:19)
Cuando, en la oración, contemplamos la luz de Cristo transfigurado, ésta se va transformando poco a poco en luz interior. El misterio de Cristo llega a ser el misterio de nuestra vida. También nosotros somos los hijos amados de Dios. Cada una, cada uno de nosotros es amado desde siempre y por siempre.
Como Jesús, podemos abandonarnos en Dios. Y Dios a su vez transfigura nuestra persona, cuerpo, alma y espíritu.
Entonces hasta las fragilidades y las imperfecciones se convierte en una puerta por donde Dios entra en nuestra vida. Los abrojos que dificultan nuestra marcha alimentan un fuego que alumbra el camino. Nuestras contradicciones interiores, nuestros miedos, permanecen. Pero , por el Espíritu Santo, Cristo entra hasta el fondo de lo que nos inquieta de nosotros mismos, hasta el punto que las oscuridades quedan iluminadas. Nuestra humanidad no es anulada, Dios la asume, ella puede encontrar en sí una cierta plenitud. Y somos libres, libres de avanzar hasta darnos por aquellos que Dios nos ha confiado.
Más allá de nuestras personas humanas, toda la creación ha recibido la promesa de una transfiguración. Cristo «transfigurará nuestro pobre cuerpo para conformarlo con su cuerpo glorioso, mediante el poder que tiene para someter a sí todo el universo.» (Filipenses 3, 21) Sí, él «hace todas las cosas nuevas.» (Apocalipsis 21, 5)
«¡Escuchadle!» dice la voz venida del cielo. Por el Espíritu Santo él nos habla. Nuestra actitud frente a la vida depende de nuestra atención a su presencia continua.
Estar a la escucha de Dios no nos ahorrará forzosamente dificultades. Si damos prioridad a esta escucha, nos haremos aun quizá más vulnerables. Pero una determinación interior crecerá, y con ella una soltura para entregarnos más fácilmente al soplo del Espíritu Santo. Seremos más capaces de discernir la presencia de Dios en el mundo y seguiremos más valientemente su voluntad.
Con frecuencia, comprendemos poco sobre cómo es posible nuestra propia transfiguración. Nuestra confianza, como la de los discípulos, se queda corta, nuestra fé no deja de ser pobre. Con todo, mirar la luz de Dios nos transforma ya.
En el monte de la transfiguración, es toda la Iglesia la que está representada en Pedro, Santiago y Juan. Si nosotros también escuchásemos más a menudo todos juntos, en una humilde oración común, la voz de Dios, quizá la comprenderíamos mejor. El Espíritu Santo podría actuar mejor y-¿quién sabe?– él podría hasta sorprendernos.

Copyright © Ateliers et Presses de Taizé.

El periódico « La Croix » ha pedido al Hermano Alois que escriba, a lo largo del año 2008-2009, una meditación con motivo de cada gran fiesta cristiana.

martes, 21 de febrero de 2017

Meditación del hermano Alois nada es imposible para Dios



«Nada es imposible para Dios»: comprendiendo que Dios la necesitaba para poder venir a la tierra, María cree en la palabra del ángel. (Luc 1.26-38)
No había vivido aún con José cuando el ángel le dice que tendría un hijo que sería el Cristo de Dios. Lo que se le había anunciado era humanamente imposible. Habría tenido muy buenas razones para decir no. Sin embargo, ella digo sí.

Y la manera en que Dios actua, inaudita, inaugurada en Abrahán quien tuvo confianza sin saber a dónde iba, se realiza en ella de una manera nueva y única.

El Evangelio llama a María «llena de gracia»: desde siempre, había sido amada por Dios y preparada para lo que Dios esperaba de ella. Ninguno de sus vecinos podía adivinar el misterio que María de Nazaret llevaba en su interior. ¿No es en un profundo silencio donde los misterios más grandes suceden? En la historia, a veces basta con unas pocas personas para cambiar el rumbo de los acontecimientos. La confianza y el valor de María bastaron para dejar que Dios entrase en la humanidad.
Dios esperaba de esta muchacha joven un sí libre. Ella lo pronuncia: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» De ahí en adelante, su fe será probada severamente. El nacimiento de Jesús en la improvisación, la distancia que el muchacho de doce años marca con respecto a sus padres, la respuesta cortante por la cual Jesús le da a entender que en lo sucesivo existen lazos más profundos que los de la sangre, todo ello no le hace perder la confianza.
En Cana, invita a otros a entrar en esa misma confianza : «Haced lo que él os diga.» (Juan 2.1-12) Su sí, ella lo pronuncia de nuevo en el momento en el que todo se vuelve incomprensible, incluso absurdo. Cuando Jesús muere en una cruz, ella esta ahí. Y entonces Jesús la confia como madre al discípulo Juan. (Juan 19.25-27)
Este sí de toda una vida, es el que Dios espera de cada una, de cada uno de nosotros. Es como si nos dijese : «Te necesito para que el Evangelio pueda llegar a todos los hombres. No temas tus límites ni los sufrimientos. No te abandonaré jamás.»
El icono de María, Madre de Dios, presentándonos su hijo, muestra que, previamente a poner la confianza en el Evangelio, ella nos orienta hacia la persona de Jesús. El icono reproducido aquí se encuentra en la iglesia de Taizé. Fue bendecido en 1962 por el Metropolitano Nikodim, de la Iglesia ortodoxa rusa, cuando nos visitó.
La Virgen María prefigura la Iglesia. En la comunión de los santos estamos ligados a ella, como a una madre muy cercana. Innumerables creyentes han encontrado consolación y ánimo al acudir a ella, con la confianza que está viva junto a Dios. Muchas personas desvalidas encuentran a su lado sosiego para sus heridas, una sanación del corazón.
La veneración de María forma parte de nuestra alabanza de Dios: cuando meditamos la manera en que Dios se ha encarnado, adoramos a Cristo y nos maravillamos también ante María.
La veneración de María ha adoptado diferentes formas según los lugares y las épocas . (*) Comenzando por el evangelista Lucas que pone en labios de María estas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada.» (Lucas 1.48) Algunos himnos antiguos cantan esta alabanza de María con una gran belleza poética: «Alégrate, tú que llevas en tu seno a Quien lleva todo; alégrate, Estrella que anuncias la salida del Sol; alégrate, tú que acoges en tu carne tu hijo y tu Dios; alégrate, tú que eres primicia de la Creación nueva.» (Himno acatista a la Madre de Dios)
La fiesta del 15 de agosto, que proviene de Oriente, probablemente de Jerusalén, celebra la consumación del peregrinaje de María. Ella, a partir de ese momento, está junto a Cristo. Él ha tomado cerca de sí a quien el Espíritu Santo había preparado para que le diese la vida en la tierra. La fe de la Virgen se convierte en visión. María testimonia que la obra de la reconciliación realizada por Cristo halla su cumplimiento.
Los cristianos de Oriente no hablan de «asunción» sino de «dormición» de la Virgen. Su manera de respetar el misterio es deteniéndose, por así decirlo, en el umbral. Cuando, de forma más explícita, La Iglesia católica dice que María fue «elevada a la gloria del cielo en cuerpo y alma» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 59), está afirmando que la Virgen María es acogida en Dios con toda su persona, con todo lo que constituye su vida.
María permanecerá siempre como el ejemplo de la fe. Hoy, cuando un sí para siempre en el matrimonio o el celibato se cuestiona fácilmente, es aún más importante que aquellas y aquellos que han dado ese sí lo mantengan vivo y lo alimenten, inspirados por María.
Contemplar el sí de María, el camino que ella ha recorrido hasta su acogida en Dios, confirma que «nada es imposible para Dios », y ello puede conducirnos a asumir el riesgo de jugárnoslo todo a la fe en Cristo.
(*) Varios documentos ecuménicos, entre ellos el del Grupo de Dombes («María en el designio salvífico de Dios y en la comunión de los santos», 1997) abre una vía para que todos los bautizados reconozcan juntos el lugar que tiene la Virgen María en el plan de salvación, mediante la aceptación de que existen formas diversas de veneración. ¿Cómo la madre del Señor, figura de la Iglesia, podría separarnos? No, ¡ella nos une!

Copyright © Ateliers et Presses de Taizé.- Publicado en el periódico « La Croix »


Jesús Señor




Jesús Señor, el primero en todo

Jesús es Señor,  es Dueño, dominador, con derecho a juzgar, nuestro castellano, sólo tiene una palabra para “señor”; y, claro está la referida al título que se da a cualquiera, no vale aquí, los ingleses, y, los franceses, tienen otra que expresa un señorío, pero también se queda corta
Los judíos si la tiene, “Adonai”, y, los griegos,  “Krlye, que es por lo que traducen, el Nombre de, Yahvé

Jesús es Señor, en cuanto Hombre, “Todo le fue entregado por su Padre Dios”, Dios lo creo todo, para Él, y, Él lo mereció con su muerte, nosotros vamos en el lote, uno, por uno, los que quieren, y, los que no

Jesús hombre es Señor, por eso, es Juez

Pero además Jesús es Dios, y, Dios es Señor

Y, como Jesús sólo es una Persona, y, es divina

Puede ha de ser el primero en todo

Como cristiana, yo tengo que hacer, lo que Jesús me manda, me pide, en la oración, por la Iglesia,  por La Escritura, por los hermanos, por  la naturaleza

Tengo que oírle

Tengo que poner su voluntad, por encima de mis caprichos, y, de los de la sociedad

Tengo que servirle, primero a Él, y, Él está en los pobres, enfermos, niños, en todos los hombres necesitados

Lo primero es, y, debe ser siempre Jesús





domingo, 19 de febrero de 2017

Caminando sobre las aguas, la entrada en el Cenáculo






Caminando sobre las aguas, y, el Cenáculo
Jesús caminando sobre las  aguas, y Jesús entrando en el Cenáculo con las puertas cerradas, son dos textos pascuales, dos textos que nos hablan de un Jesús que vence los  obstáculos, los elementos, cuyo Cuerpo domina la naturaleza y las cosas
El primero lo narran Mateo, Marcos, creo que Lucas, y Juan es su capítulo VI, el mismo en el que habla del prodigio, del mayor gesto de Amor después de La Cruz, que es La Eucaristía
Lo narrado es verdad, lo que no significa que haya de ser histórico en el sentido literal del texto
“Los discípulos van en la barca es de noche, con el significado que la palabra “noche”, tiene sobre todo en el caso de Juan, pensar en las noches oscuras, en los momentos en que todo se ve oscuro, negro, hay temporal la barca va mal; a mí me recuerda esos momentos en que La Iglesia parecía se iba romper; en casos hasta se rompió, aparentemente,  todos llevan miedo, de pronto, allá a lo lejos, lo ven, no lo reconocen, no es su Jesús, su Jesús es uno más, no camina por un mar embravecido, ningún ser humano lo hace, se asustan y lo toman por un fantasma; Él los aquieta; Pedro, que repetirá más adelante en Juan, el mismo acto, le dice, “Maestro si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”, Pedro Simón es el capitán del barco, de la barca, y ahora la va “abandonar para ir a Jesús, porque lo precisa, precisa ir a Jesús por encima de ese mar bravío, Pedro Simón, es el Papa, también a él como ser humano débil, pecador, le afecta lo que pasa en el mundo, necesita ir a Jesús, y Jesús manda a Pedro que vaya a él, y comienza a caminar, hasta que se empieza a hundir, cosa lógica y natural; Jesús lo reprende. “Hombre de poca fe, por qué has dudado”; No va dirigida sólo a Pedro, va dirigida a todos, El Papa, cualquier cristiano nunca se hundirá en su lucha del mal, podrá bacilar, pero ahí está Jesús, para tenderle la Mano, y por supuesto Pedro volverá a la lancha, nunca se quedará la barca sin su timonel, su capitán, La Iglesia nunca se quedará sin el Papa, hombre débil, con miedo, porque el miedo es humano
Intentan tomar a Jesús en la barca, pero ya no esta, los espera en la otra orilla, me gusta, porque en gallego la “otra orilla”, el otro lado,  “o Allen, es la forma de referirse al más allá a la eternidad, a Jesús lo mismo que le sucederá a la Magdalena, no lo podemos retener, tener en exclusiva, en su lugar ha dejado a Pedro, si tenemos la seguridad de que nos aguarda, en “La otra orilla”
El Cenáculo, están todos reunidos con las puertas cerradas, tienen miedo, a los judíos, a los suyos, así hemos vivido, y viven muchos, y no me refiero a puertas físicas, no se forman por no perder la fe, no leen a teólogos, o libros de espiritualidad, por no perder la fe; no toman la Biblia en las manos, no la estudian, por, por, no quieren oír hablar de nada, tienen miedo a todo, y, en el todo, cabe todo
De pronto Jesús se hace presente, en medio, en medio porque es el Mediador, es Él que une a los hombres, sin Él no hay Iglesia,  ellos le toman como en lo narrado antes; por un fantasma; es normal nadie atraviesa puertas, los muertos no hablan, ni van de visita, Él como en el caso anterior, los serena, les dice que no teman, les muestra las manos, el costado, y ellos se llenan de gozo, aunque seguirán con miedo, necesitaban ración extra de Espíritu Santo
Cuántas veces pesé al miedo, de pronto el corazón la mente, esas puertas que uno tiene cerradas, le traen una frase, un recuerdo, un aviso de que debe formarse, de que tiene que conocer La Escritura, de que debe leer este libro, de que debe no tener miedo a “salir al mundo”, y, uno lucha, y se pone mil excusas, “no lo necesito, a mis años, ya sé bastante, eso no es para mí, etc.”; pero no puede sacarlo de la mente, y aún con miedo, empieza, a abrir las puertas de su mente, y su corazón
Aunque tal vez, las vuelva cerrar y abrir, hasta que el Espíritu Santo, le dé tanta fuerza, que no tema nada, y, entonces sólo cierre las puertas de su corazón, para hablar con su Padre, con su Hermano, con su Amado


Hablando y escribiendo de lo que no saben ni entienden





Hablando y escribiendo de lo que no saben ni entienden
A nadie se le ocurre hablar de medicina, de química etc. , si no tiene al menos unos conocimientos básicos; y, si lo hace sobre algo, que por la razón que sea sepa de dicha materia; siempre lo hace reconociendo, ser lego en la misma; y, sometiendo su saber al de los expertos o conocedores de la misma
Sin embargo, cuando a temas de religión toca, sobre todo si es la cristiana, y si se trata de la rama católica más
Aquí rebuznan todos los burros, perdonen los asnos
Gentes que no han leído nunca a los Padres de la Iglesia, que confunden la historia de la Iglesia, con el tiempo que hace que levantaron el templo en su barrio, que confunden La Tradición, con la tradición de las fiestas de moros y cristianos, que de la Biblia saben que es un libro, lo que es falso son 72,  o 66, según a que Comunidad o Iglesia pertenezca uno; que del catecismo, saben, lo que recuerdan de los 7 años
Estos tales opinan, juzgan, dicen lo que está bien, o mal, si el Papa lo hace bien (lo hace bien, si hace lo que a ellos les gusta, mal si hace lo contrario), quien debe o no ser canonizado, incluso aunque se declaren ateos, esto ya raya casi en la locura
A mí no se  me ocurre, opinar sobre el budismo, y eso que tengo más conocimientos sobre el mismo, que muchos que opinan sobre temas cristianos
Tal vez, sería bueno darles un consejo, antes de hablar hay que formarse, del asunto que sea, leer estudiar, y luego si, puede uno opinar, si no, porque no opina, rebuzna


sábado, 18 de febrero de 2017

Dar buen consejo, al que lo ha menester





Dar buen consejo al que lo ha menester
Hay un refrán que dice, que si la gente diese dineros, como da consejos,  tendría más amigos; y es que abundan los empeñados en dar todo tipo de consejos, se les pidan, o no, y que además se enojan con quien no los siguen, olvidando que un consejo no es una orden
Con todo, dar consejo es una Obra de Misericordia, pero con matices
Primero el consejo ha de ser bueno
Bueno, no agradable, fácil, moderno, políticamente correcto; no, bueno es decir que no aleje a la persona que lo ponga en práctica del Camino
Segundo
La persona ha de necesitarlo, es decir ya lo diga ella; ya lo intuya, “el consejero”; tiene que tratarse de una situación en la que se hallé oscurecida
Tercero
Que el consejero, sea experto, sepa de que aconseja
Para no ir, con problemas morales,  una persona no puede aconsejar a otra que no consuma determinado producto, salvo que sea su médico, o le conste se encuentra este en mal estado
Dando la vuelta, a la obra de misericordia
Aceptar el buen consejo cuando lo necesitamos

Aceptar que no quiere decir llevarlo inmediatamente a la práctica, cuando de moral se trata, si no de sopesarlo en la oración