jueves, 1 de septiembre de 2016

Santos Luís Martín, y Celia Guerin esposos

Santos Luís Martín y Celia Guérin – 29 de julio
«Padres de Teresa de Lisieux. Ambos vieron frustrado su anhelo de ingresar en la vida religiosa, ideal acogido por todas sus hijas, a las que generosamente secundaron en su vocación»

ZENIT – Madrid).- En condiciones normales lo usual es que los hijos se sientan agradecidos por los padres que les dieron la vida, que reconozcan en sí mismos rasgos dignos de toda consideración que de ellos heredaron. Nada más hondo desde el punto de vista humano que estos lazos de sangre que vinculan a unos y a otros. Si las enseñanzas que impregnan las primeras etapas de la vida, para bien y para mal, dejan una huella imborrable, es fácil comprender que cuando los progenitores son santos el alcance de aquéllas para la prole sea inconmensurable. Teresa de Lisieux tuvo esa gracia. De ahí que dijese: «Dios me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra».
El 19 de octubre de 2008 Benedicto XVI beatificó a los componentes de este virtuoso matrimonio. Y el 18 de octubre de 2015, en pleno Sínodo de la Familia, el papa Francisco los canonizó. Ninguno de los dos pudo ingresar en la vida religiosa, como desearon, aunque acudieron a sendas órdenes. Luís tocó la puerta del monasterio del Gran San Bernardo, en los Alpes, y Celia la de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. La misión de ambos era otra: convertirse en ejemplos de amor y fidelidad conyugal vinculados por la misma fe, y formar una familia en la que sobresalió la benjamina. Porque Teresa bebió de ellos el néctar de su caridad y con tan formidable pilar, junto a la gracia de Cristo y su entrega personal, alcanzó la santidad.
Luís, segundo de cinco hermanos, nació en Burdeos, Francia, el 22 de agosto de 1823. Su padre era capitán del ejército. Eso hizo que durante un tiempo tuviese que vivir en distintos lugares hasta que se afincaron en Alençon. No eligió la carrera militar como él, y quizá debido a su temperamento reflexivo y discreto, amante del silencio, sopesó la opción de aprender un oficio, eligiendo el de relojero. Su formación se había iniciado con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Luego obtuvo las herramientas precisas para su profesión en Bretaña, Rennes, Estrasburgo, el Gran San Bernardo y París. Con 22 años se propuso consagrarse. Pero tenía una seria dificultad con el latín y de su aprendizaje dependía su admisión en el monasterio. Lo intentó con verdadero esfuerzo, pero no consiguió dominar la disciplina, y este sueño quedó atrás. Se instaló en Alençon y regentó su relojería. Era sociable y tenía muchos amigos con los que compartía diversas aficiones. La vertiente espiritual siempre viva en él hallaba eco en el círculo Vital Romet integrado por jóvenes creyentes que eran dirigidos por el abate Hurel. También era miembro de las conferencias de San Vicente de Paúl. Pudo haberse casado con una joven de elevada posición social, pero eludió este compromiso. Vendió una propiedad y adquirió una casa. En ella colocó una imagen de María que le habían obsequiado. Es la conocida «Virgen de la Sonrisa», que la familia trasladó a Buissonnets, en Lisieux.
Celia nació en Gandelain, Orne, Normandía, el 23 de diciembre de 1831. Era la mediana de tres hermanos. La primogénita fue monja de la Visitación. En cuanto a Isidore, el benjamín, hizo las delicias de la casa, un extremo que apenó a la beata al ver cómo recaían en este único varón todas las atenciones maternas. De modo que tuvo una infancia y juventud dolorosas debido, en parte, al carácter de los padres, pero acentuada también por su sensibilidad. Confió este sentimiento a su hermano sin rubor, reconociendo que para ella esos años fueron: «tristes como una mortaja, pues si mi madre te mimaba, para mí, tú lo sabes, era demasiado severa; era muy buena pero no sabía darme cariño, así que sufrí mucho».
Residía en Alençon desde la jubilación de su padre. Tras su muerte, la madre fue incapaz de regentar el negocio, un bar, y la falta de recursos económicos afectó a todos. Celia recibió instrucción de las religiosas de la Adoración perpetua que le enseñaron a realizar un primoroso encaje muy valorado en la ciudad. Se dedicó a esta labor porque el día de la Inmaculada de 1851 escuchó esta locución divina: «Debes fabricar punto de Alençon». Fracasado su anhelo de consagrarse, entendió que estaba destinada por Dios al matrimonio. A su vez, la madre de Luís se había fijado en ella; la consideraba ideal para ese hijo que veía iba cumpliendo años sin pensar en su futuro. Los dos se conocieron un día al cruzar el puente de San Lorenzo. Y tres meses más tarde, el 13 de junio de 1858, se casaron.
De común acuerdo, durante diez meses vivieron como hermanos, en una perfecta castidad conyugal, hasta que el confesor les recordó el gesto generoso de dar hijos a Dios. Tuvieron nueve; cuatro fallecieron de forma prematura. A los 45 años a Celia se le detectó un tumor maligno. No sobrevivió mucho tiempo a este diagnóstico; murió el 28 de agosto de 1877. Luís, que entonces tenía 54 años, continuó sacando adelante a los hijos, aunque ya hacía tiempo que había dejado su trabajo para apoyar el negocio de bordado, y estaba implicado en su educación. Siguió infundiéndoles la vida de piedad que había llevado junto a Celia: oraciones, rezos, asistencia a misa, confesión, actividad incesante en la parroquia… Acompañó a sus hijas al umbral del convento, y afrontó el dolor de separarse de Teresa, que tenía 15 años cuando se hizo religiosa. En las cartas de la santa se constata la progresiva disminución de facultades mentales que su querido padre fue sufriendo hasta fallecer en el sanatorio de Caen, donde estaba internado, el 29 de julio de 1894.
La madre había manifestado en una ocasión: «No vivíamos sino para nuestros hijos; eran toda nuestra felicidad y solamente la encontrábamos en ellos». Y siendo así, Luís entregó generosamente a Dios a sus cinco hijas, diciendo: «Ven, vayamos juntos ante el Santísimo a darle gracias al Señor por concederme el honor de llevarse a todas mis hijas


Fuente Zenit.org

San Pedro Poveda


San Pedro Poveda Castroverde – 28 de julio
«Sacerdote y fundador de la Institución Teresiana, mártir de la guerra civil española. Gran humanista y pedagogo, alentó a la mujer en la enseñanza previendo el influjo que ella ejercería en la sociedad»

ZENIT – Madrid)- «En la vida de los santos, admíralo todo e imita de ellos lo que puedas»,aconsejó el mártir fundador de la Institución Teresiana. Cuando transmitió esta máxima en 1908, transitaba con firmeza por la vereda que le encumbraría a los altares, llevado de su pasión por Cristo, movido por ardiente caridad y la clarividencia que acompaña a los auténticos hijos de Dios.
Nació en Linares, Jaén, España, el 3 de diciembre de 1874 en una familia de siete hermanos, de los cuales fue el primogénito. No tuvo que dilucidar nada acerca de su quehacer porque tuvo clara su vocación sacerdotal. Inicialmente, ingresó en el seminario de Jaén, y luego se trasladó al de Guádix, Granada, donde fue ordenado sacerdote en 1897. Después se licenció en teología en Sevilla. En Guádix permaneció hasta 1905 y allí puso los pilares de lo que sería su preocupación fundamental: la enseñanza. Fue testigo de las graves deficiencias que presentaba una parte de la población, especialmente la residente en el barrio marginal de las cuevas de esta localidad granadina. Eran gentes que no recibían atenciones, faltas de educación y carentes de recursos económicos. Para asistirlas puso en marcha las Escuelas del Sagrado Corazón.
Su siguiente destino fue Covadonga, Asturias; iba como canónigo. En esta nueva etapa de su vida, que duró siete años, oró y estudió con ahínco mientras pervivía en su corazón la inquietud por la enseñanza. Prueba de ello fue la creación en 1911 de dos academias, la de Gijón dirigida a los varones y la de Oviedo a las mujeres; al año siguiente abrió otra en Linares. Con ellas se propuso dar lance a los problemas educativos que hubo en España en las primeras décadas del siglo XX. Su idea pedagógica partía con visión universal y tenía el sólido pilar del humanismo cristiano; todo un aldabonazo en la tarea educativa. Además, acertadamente sumó a este empeño el inmediato objetivo de formar al profesorado de Magisterio.
Vuelto a Jaén en 1913, compaginó su misión como canónigo de la catedral con otras responsabilidades. Fue profesor del Seminario, de las Escuelas Normales y del Instituto de Segunda Enseñanza. Entones conoció a María Josefa Segovia, una valiosa joven que apenas sobrepasaba la veintena, en cuyas manos puso la Academia de Magisterio fundada en la ciudad. También fue la primera en dirigir la Institución Teresiana. Porque otra de las características que resaltan en Pedro es la excepcional labor que realizó escalando peldaños en pro de la educación femenina. Propició la creación de las bases precisas para que las mujeres accedieran a la cultura a través de las academias sembradas en el país, y en 1914 impulsó en Madrid la primera residencia universitaria femenina española. Quería que los docentes implicados en esta tarea, tanto en el presente como en el futuro, supieran mostrar «con los hechos que la ciencia hermana bien con la santidad de vida». Toda su labor estuvo impregnada de la fe, de la oración. Era un hombre de ideas claras, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, un gran director y formador. Advertía: «No mires jamás el bien que hiciste en la vida pasada ni el mal que evitaste con el auxilio del Señor; pon la mira en el cielo, en lo mucho que te falta para conseguirlo. Familiarízate con la frase ¡adelante!, interpretando bien lo que por ella se significa».
En 1921 fue designado capellán real, lo cual le permitió desarrollar fecundos proyectos aprovechando el interesante campo de relaciones que se abrió ante él. Fomentó la colaboración con personalidades afines a su ideario, y de ese modo proporcionó nuevas alternativas a una sociedad que empezaba a impregnarse con los primeros atisbos de secularismo. Continuó impulsando la fundación, sin relegar otros proyectos educativos vinculados a organismos que respaldaban al profesorado católico. En esta etapa de su vida instituyó la Liga Femenina de Orientación y Cultura. También apuntaló su obra con la redacción de las líneas que debería seguir y las bases de la reforma educativa que había promovido. En 1924 la Institución recibió la aprobación pontificia como Pía Unión, y en 1928 comenzó a expandirse por el extranjero.
Fue un apóstol infatigable, dio pruebas de su humildad, paciencia y mansedumbre, y jalonó su vida con la oración y entrega constantes. Como dijo de sí mismo en 1920, su fe no fue «vacilante», sino «firme e inquebrantable», y así lo mostró nuevamente al final de su existencia. Había manifestado: «Creer bien y enmudecer no es posible», una convicción que rubricó con su sangre. El 27 de julio de 1936, en medio de la hecatombe de la guerra civil, fue detenido en su domicilio; acababa de oficiar la misa. Se identificó con valentía: «¡Soy sacerdote de Cristo!». Siempre movido por el vivo anhelo de cumplir la voluntad de Dios, se disponía a encontrarse con Él para siempre. «Sin cruz no tendrás llave para abrir las puertas del cielo», había dicho. Otro matiz de la que portaba él cabalgaba a lomos del odio y del resentimiento, aunque en su airado prójimo siguió reconociendo a Cristo; otro rasgo de su evangélico corazón: «Ve en el prójimo la imagen de Jesús, y así amarás aún a los mismos enemigos […]. Jamás des entrada al odio en tu corazón. Perdona generosamente…».
Pocos días antes de su captura escribió: «Nunca como ahora debemos estudiar la vida de los primeros cristianos para aprender de ellos a conducirnos en tiempo de persecución. ¡Cómo obedecían a la Iglesia, cómo confesaban a Jesucristo, cómo se preparaban para el martirio, cómo oraban por sus perseguidores, cómo perdonaban, cómo amaban, cómo bendecían al Señor, cómo alentaban a sus hermanos!». Apenas le dieron respiro. Fue ejecutado el 28 de julio, al día siguiente de su detención. Juan Pablo II lo beatificó el 10 de octubre de 1993, y lo canonizó el 4 de mayo de 2003.
Tomado de Zenit.org
















Prologo de Juan meditación


Al principio, es decir en la eternidad, existía el Verbo; y, el Verbo era Dios, no un dios, no, Dios, el Dios de Israel, Él que hizo los mundos, y, los conserva
Él estaba al principio en Dios, Es Dios y, estaba en Dios, como su Palabra, no se había manifestado al mundo todavía

Estaba en el mundo; Y, por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no lo conocía
Sigue sin conocerlo

Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron, es más lo crucificaron, le prohibieron la entrada en sus países, lo tuvieron en un campo de refugiados…

Hubo un hombre envía de Dios llamado Juan, Francisco…
No era la Luz, sino él que da testimonio de la Luz, y, los hombres quisieron gozar un rato de esa luz
Del que es la Luz verdadera que viniendo al este mundo, ilumina a todo hombre, a todo él que quiere
Las tinieblas quisieron apagarla, pero no pudieron, el Bien siempre vence al mal

A cuantos lo aceptan, los hace hijos de Dios

Éstos son hijos y nacidos por voluntad de Dios no de hombre

Moises dio la Ley, la Verdad la dio Jesucristo

Nadie vio a Dios, el Hijo Único de Dios, que esta en el Padre, es Quien lo ha revelado

Meditación del prólogo de Juan


La Zarza de Moisés



¿Por qué no se consume la Zarza?

La Zarza, arde, y, no se consume, ni se apaga el Fuego

Porque La Zarza, es el propio Dios, que arde de Amor por nosotros, Dios es Amor, su naturaleza es el Amor, no es que tenga Amor, es que es Amor, y ese Amor increado, que une a las Personas divinas, es el Espíritu Santo

El Amor de Dios es eterno, y, es una Persona, y, nunca se acaba, el Amor de Dios hacía nosotros, nunca se vs acabar, por eso el Fuego, de la Zarza no se acaba

Y, la Zarza no se consume, Porque Dios vive como Amor siempre, es eterno, nunca va dejar de amar, nuestros pecados, no apagan su Fuego de Amor, ni Él deja de ser Quién es Amor

Pero la Zarza, también la podemos ver como un símbolo de cada uno, y, aquí la enseñanza también la veo clara, Dios, con su Amor, nos construye, no, nos destruye, cuando somos de Dios, es cuando somos  más nosotros mismos




No había sitio para ellos en el mesón


“No había sitio para ellos en el “mesón”


Poco importa si el hecho es histórico, seguramente si no tuvieron sitio fue, porque estaba lleno el lugar, por el censo

Pero la intención es otra en Lucas, la misma que tendrá Juan en el prólogo de su Evangelio, “No había sitio para ellos”

No había sitio para María, ni para José, pero sobre todo, no había sitio, no hay sitio en el mundo para Jesús

No hay sitio para Jesús

No lo hay para sus leyes

No la hay para él, si para sus imágenes de piedra, madera, escayola, pero ese no es Jesús

Pero no para Él, cuando se presenta, crucificado, o, herido

Cuando se presenta como un refugiado

Un ex delincuente

Un drogadicto


Un niño que va nacer con anomalías

Un anciano decrepito

Un loco

Un hombre honesto

No hay sitio

Y, el caso es que tenemos que hacerle sitio, porque sin Él, estamos muertos, con Él, estamos estrenando la Resurrección


La Fe no se puede licuar


La Fe no se puede licuar, lo dijo Francisco, quiere decir que la Fe no es como la fruta que la licuo, me tomo sólo el jugo que es fácil de tomar

No, con la fe, la fe no se puede exprimir, y, decir esto no lo creo, porque no lo entiendo

Porque no me conviene, porque si lo creo de veras, tengo que vivir así, y, no asa, y, no me conviene

Esto, porque ahora nadie lo acepta

No, la fe, aunque hay verdades puntuales, hay que aceptarlas todas, y, vivir conforme a ellas

Naturalmente se trata de la Fe cristiana, no de aceptación de otras realidades digamos sobrenaturales

Tan cristiano es el señor que no cree en ninguna aparición mariana, él que está convencido, que no tuvo lugar ninguna, pero cree en el dogma católico

Como el que cree en todas, y, en el dogma católico

Sin embargo, quien cree en las apariciones, pero no en la Biblia, en la Tradición, en la Iglesia, en el dogma no es cristiano

Su Fe, es una Fe licuada



Llamados personalmente por Jesús


Jesús llama a cada uno, por su nombre, y, él llamado le sigue porque conoce su Voz

Jesús lo dijo, El Pastor, el Buen Pastor, va llamando a las ovejas, por su nombre, a cada una, y, las ovejas le siguen porque conocen su voz, no siguen a un extraño, porque no conocen la voz del extraño
Pensando un poco, no habla de ovejas, en sentido literal, porque nadie pone nombre a las ovejas, salvo que tenga 2 o 3;  no Jesús habla de personas, de nosotros

Él nos llama a cada uno, a cada ser humano, si también a los no cristianos, y, a los no creyentes

No llama en grupo, porque para Jesús somos, únicos, no nos salva en grupo, ni en masa, y, nos da la ayuda para seguirle, y, nos busca

Y, una vez que la persona, ha oído su voz, lo sigue, es decir busca hacer su voluntad, que es la Voluntad del Padre

Sin embargo no sigue al extraño, al que pretende camuflar el Evangelio, inventar dogmas, falsificar los que hay, justificar lo injustificable, no lo  sigue, porque en su corazón, sabe que esa  no es la Voz que resuena en el Evangelio

A lo mejor  lo oye, y, hasta aplaude, pero al momento, se da cuenta, y, vuelve con su Pastor, con Jesús, a no ser que la hayan atrapado, y, que se vea incapaz, ya sea una secta, una conducta impropia, el pecado, el error, la ignorancia, entonces, “bala desesperada, porque quiere volver con sus Pastor”


Y, Jesús la escucha, Él conoce el balido, de cada una de sus ovejas; y, se acerca a liberarla, y, la carga al hombro, y, van contentos, y, riendo la ovejita, y, su Pastor